Hace unos días la Casa Blanca publicó una serie de fotografías con las que, según los medios, Trump humillaba a Netanyahu al obligarlo a pedir disculpas por el ataque a Qatar. El objetivo de Washington es comprensible (vender un relato visual), pero ¿los periodistas no deberíamos ser más prudentes antes de comprar el mensaje de un gobierno?
Disculpas. El primer elemento visual que llama la atención (y se antoja humillante) es esa hoja de papel que sujeta Bibi entre sus manos. Si el perdón es sincero, no hace falta leer un guión (y mucho menos dictado por el gobierno de EEUU). Es como si te pidieran matrimonio, pero necesitaran chuleta.
Pies en el suelo. Si Netanyahu estuviera cómodo con la situación, sus dos pies estarían tocando el suelo. Durante la reunión en el Despacho Oval no sólo estuvo sentado manteniendo la postura del cuatro (un tobillo apoyado sobre la rodilla), además recogía su pierna haciendo una especie de gancho. Si la postura de sentado en cuatro indica competitividad, el hecho de que se recoja la pierna con las dos manos muestra a una persona tozuda que rechaza cualquier opinión que no sea la suya. Eso sí, el israelí tuvo la delicadeza de dirigir la suela de su zapato (desconsideración, insulto) hacia los suyos y no hacia Trump (lo necesita).
Al aparato. Si no estuviéramos hablando de un genocidio, la escena de Trump sosteniendo el aparato de teléfono sobre su muslo para que el audífono tenga alcance hasta la oreja del primer ministro israelí parecería cómica, gilística. «¿Está el enemigo? Que se ponga». La Casa Blanca ha vendido el discurso visual de que Trump obliga a Bibi a hacer esa llamada de disculpa a Qatar; aún así, el presidente de los EEUU actúa como mesa de cortesía para Netanyahu. El vas a disculparte porque yo te lo ordeno es explícito (pero el «porque yo te voy a poner todas las facilidades del mundo» aparece implícito).
Enfado. Si nos fijamos en la expresión facial de Trump, el republicano parece enfadado. Como el padre que, muy a regañadientes, reconoce que su niño ha actuado mal. Aunque la mirada no la conduzca hacia su invitado, sus ojos se achican (disgusto) y levanta una ceja (desaprobación). Pero lo más importante son las comisuras de su boca: hacia abajo (tristeza). Pero aunque los medios se hayan apresurado en descubrir en el rostro de Trump enfado; no sabemos la razón. Apuesto que el hecho de que Qatar le regalara a Trump un jet privado de 400 millones de dólares tiene algo que ver…
Oremos. También es bueno fijarse en la postura que adopta el equipo de Trump. El vicepresidente Vance, Marco Rubio y el «ministro de la guerra» entrelazan sus manos como concentrando su fe para que todo (la conversación) salga bien. Aquí tampoco sabría decir si la intención del gesto es porque desean la paz en el mundo o el despacho en Washington. Porque como Netanyahu enfade a Trump, el cabreo lo pagarán primero sus secuaces.




