Iceta «Trumpeja»

El candidato socialista reveló hace un par de semanas que sus asesores le habían recomendado que no se quitara la corbata para ofrecer así una imagen más presidencial. Excepto en el cartel de campaña donde se decantó por una azul (quizá para agradar a su fichaje estrella, Ramon Espadaler), las viste rojas socialistas. Pero el accesorio por excelencia de la coquetería masculina no aporta seguridad ni seriedad tan gratuitamente. Uno debe conocer el exquisito ritual que comporta atarse el lazo, y esta sensibilidad por parte de los caballeros hacia el nudo me temo que ya ha desaparecido (tal vez, a la vez que se extinguen los caballeros). El candidato socialista presidir la Generalitat no sabe hacerse el nudo, ni qué tipo de corbata acompaña a cada cuello de camisa, ni que la punta de la corbata debe coincidir con la hebilla del cinturón (ni por encima ni por debajo)… Es por la corbata colorada satinada colgando sobre su barriga, y no tanto por aplicar el 155 y pedirle a la Junta Electoral que prohiba los lazos amarillos en las mesas el 21D, que Iceta se me antoja últimamente muy Trump (y sí, el americano ganó contra todo pronóstico). Además, es de los que, como Albiol, siempre calza mocasín (castellanos) con traje. Una elección de calzado más propia de Castilla, no de estos lares… Sus adversarios le reprochan que baile, yo es la única gracia (entretenimiento) que le veo. ¡Baila, Iceta, por Dios, baila!

Hace dos años, de cara a los comicios del 27S, escribí el siguiente perfil estético de Iceta. Como considero que la cosa no ha mejorado, más bien ha empeorado, lo recupero. ¡Feliz jueves!

Iceta, el antilíder

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Pedro Sánchez: guapo, sin más

Desde hace unas décadas, la socialdemocracia española tiene poco sentido. O eso es lo que se desprende de sus vacuos atavíos. La misma desidia les persigue al vestir traje que unos jeans y una camisa. La corbata roja parece ya su último reconocimiento social (el tono aleja del azul de la derecha pero la pieza también los aparta de la rebeldía de la izquierda). No hay nada nuevo, ni nada que decir. Vestirse por sistema, votar por tradición. Pedro Sánchez representa esta triste máxima del socialismo inocuo del siglo XXI.

Guapo, que no atractivo. Hay personas que cumplen los cánones establecidos de belleza pero que no transmiten nada. En cambio, otras de «belleza más discreta» se convierten en grandes seductores. Obviamente, en política es preferible un candidato atractivo (con carisma) que guapo. En España, muchas veces, los medios de comunicación se empecinan en comparar el físico de Sánchez con el de Obama. Pero el presidente de EEUU no es especialmente guapo (Michelle Obama incluso animó a todas la féminas a admirar a su marido por partes, «empezando por las orejas de soplillo»), pero resulta muy atractivo (también para los hombres heterosexuales). En la capacidad de atraer al otro no interviene tanto el físico, sino el carácter y la actitud. Y precisamente es lo que le falta a Sánchez.

El armario de los errores (horrores) Posee percha pero no le saca provecho. Consigue estropear cualquier look, aunque sea de aquellos que se recomiendan porque es imposible fallar con ellos (jeans y camisa).  Tiene un problema serio con los bajos (los trajes deben confeccionarse a medida) como pudo observarse en los Premios Príncipe de Asturias. Y como la mayoría de la clase política de este país, sufre una notable incapacidad sensitiva hacia cualquier equilibrio estético. ¿Pruebas? La cazadora al estilo Ahmadineyad (ex presidente iraní), esa americana con botones de señora que incomprensiblemente aún sigue en su armario, o la corbata verde botella que usa en las grandes ocasiones…. Arghhhhh…

El hombre de Estado. Cada atavío precisa un protocolo distinto. Si uno no es capaz de defender un traje o una corbata, es mejor prescindir de este tipo de indumentaria porque la seriedad y seguridad que se supone que estas prendas pueden aportar, desaparecen cuando no están bien gestionadas. Pocas veces recuerda que la americana, cuando uno se pone de pie, debe abrocharse.

Soy joven, soy cercano.  Los que van de «soy un nuevo rostro en la política del siglo XXI» deberían replantearse algunos de sus códigos estilísticos… Los calcetines de colores (no eres Boris Izaguirre) o la mochila deportiva al hombro (no eres un sherpa) no te hacen más cercano pero sí más inmaduro. Camisa blanca Uno de sus estilismos preferidos es una camisa blanca o azul (podría mejorar bastante la calidad del algodón) con unos Levi’s (acierta en el tono añil de los tejanos ya que es el color original del tejano y transmite seriedad pero los lleva demasiado ceñidos) o con unos chinos claros (un atavío más bien conservador de niño piji). Suele arremangarse (ni de coña como lo hace Obama) y tiene cierta obsesión por llevar suéteres (la calidad vuelve a ser pésima) bajo la americana como si eso le prestara una imagen de académico (y lo que consigue, cuando tira de rojos y azules trasnochados, es un aspecto repelente en plan Zipi y Zape). Es de los que sigue sin comprender que los dos botones desabrochados en una camisa (#pecholobo) es sinónimo de relax (vacacional) y, por lo tanto, nada apropiado para un político en activo.

Suplantación de la identidad Una cosa es inspirarse (aprender de los aciertos de los demás) y otra pretender ser otro (adoptar la identidad de otra persona). En el caso del líder del PSOE es complicado saber quién es él en realidad porque a veces va de Obama; otras, de Cameron; de Suárez; de Rivera; de Iglesias; incluso de Rajoy… «Tengo un estilo pero no me preguntes cuál es porque no lo sé», ha admitido Sánchez recientemente. Lejos del empecine de algunos por querer atribuir cierta frivolidad al estudio de la apariencia, cuando nos referimos al estilo de una persona estamos hablando de su personalidad. En este sentido, es sumamente inquietante (peligroso) que alguien que aspira a conducir un país no se conozca ni siquiera a sí mismo.

Exteriorizar Un buen asesor de imagen es aquel que logra que los rasgos de su candidato (incluso los negativos) se conviertan en un valor (lo identifiquen, lo hagan especial). Por ahora (y faltan tres semanas para las elecciones), los consultores de Sánchez no han logrado exteriorizar o crear un candidato propio y todas sus estrategias están enfocadas a emular el modo de proceder de los demás: aunque sea reproduciendo la fotografía de un actor.

¿Por qué les gritas? Se puede sonreír con la boca o con los ojos. Sánchez abusa de la sonrisa en la boca, hasta cuando la situación no requiere tal gesto. Eso provoca que, aunque no lo sea, se lo perciba como una persona un tanto bobalicona. Quizá por ello, para combatir esa obsesión suya de gustar a todo el mundo (objetivo imposible) y resultar encantador, se empeña en parecer «duro» en los mítines (frunce el ceño y grita). Alguien debería explicarle que terminar cada frase subiendo el tono de voz de modo exagerado no lo convierte en un líder fuerte. De hecho, el silencio (las pausas en el discurso) resultaría más contundente que intentar convencer al electorado chillando.

 

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La obsesión del clan Kim por imponer su peinado

El actual líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, ha decidido imponer su particular corte de pelo, rapado en los lados y mechón largo en el tope del cuero cabelludo, a toda la población masculina de su país. Una obsesión, la de controlar la estética del cabello, que ya se persiguió durante el mandato de su padre, Kim Jong Il, cuando se emitieron una serie de capítulos televisados titulados Vamos a cortar el pelo de acuerdo al estilo socialista. En esta cinta se advertía que el crecimiento excesivo del pelo, «al consumir una gran cantidad de nutrición», resta energía al cerebro y vuelve estúpidos a los hombres que se atreven a lucir un largo de más de 5 centímetros. Según a este razonar, en las peluquerías se disponía hasta la fecha de un reducido catálogo de opciones capilares aprobadas por el Amado Líder: ellos podían elegir entre 10 looks y ellas, de momento, siguen disponiendo de 18 peinados pero sujetos en función de si están solteras o casadas.

 

La obsesión del clan Kim por el cabello, como cualquier totalitarismo que se precie, no descansa. Kim Il Sung, padre fundador, fue famoso por sus mechones grises (otro que se suma a la lista de Cruellas de Vil): el pelo cardado de Kim Jong Il, trampantojo para ganar unos centímetros más de estatura, fue muy parodiado por el resto del mundo; ahora, Kim Jon Un pretende imponer su propio estilo.

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Hollande, empequeñezido y cabizbajo, ante el Papa

La aparente frialdad con la que Francisco recibió al presidente francés fue ayer la comidilla de todas las tertulias políticas. El Papa, normalmente alegre y cercano, se mostraba algo distante y serio. Muchos han justificado este extraño comportamiento del pontífice hacia su invitado por la laicidad de Hollande y las medidas aprobadas por su gobierno (simplicidad del aborto, matrimonio homosexual y primeros pasos hacia la eutanasia). Otros, también, apostaban porque el verdadero motivo de la hostilidad se debe al triángulo amoroso protagonizado por el socialista galo. Sin embargo, fue simplemente la actitud empequeñecida de François Hollande al pisar el Vaticano la que lo condenó a tal recibimiento. Porque si uno llega nervioso, cabizbajo y con la absoluta convicción de haber pecado (pese a su ausencia de fe) en vez de encontrarse con otro jefe de estado (de igual a igual), se topa ante un líder espiritual y todo lo que eso conlleva (un hombre vestido de blanco, que pese a resultar afable, es moralmente superior). Porque la mayoría de veces, el trato que recibimos de los demás lo provocamos nosotros mismos con nuestros temores, remordimientos e inseguridades.

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Hollande se mostró muy nervioso durante todo el encuentro. Le costó acomodarse en la silla y además, necesitó apoyar sus manos sobre el escritorio del Papa, algo que solo se le permite al que recibe, no al invitado (no me extraña que el Papa lo mire con cara de cabreo, le acaba de dejar las huellas sudorosas en el tablero).