Claro, hablemos del «patriótico» bolso de Cristina Cifuentes

Los medios de comunicación nacionales -incluso los de corte supuestamente izquierdista- destacan y aplauden el «patriotismo» del bolso con el que la presidenta de la Comunidad de Madrid acudió ayer al desfile de las fuerzas armadas. «Con una capa y un vestido azul añil, Cristina Cifuentes acompañaba su estilismo con un bolso de mano de tela rojo y gualdo en homenaje a la bandera nacional y como guiño a la unidad de España», repiten en todas las crónicas sobre el 12O. Y no es que desee contradecirles pero sí debo advertir y señalar que la cartera en la que se ha estampado la enseña es uno en formato sobre y está en manos y lleva bordadas las iniciales (CC) de una dirigente del PP… SEGUIR LEYENDO 

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A mí, ahora, las formas «me la bufan»

c5eca4_7c30e63ea52a49bba54860879eb0df18-mv2La culpa no es de los que prefieren a Pablo Iglesias antes que a Íñigo Errejón. Ni de los que persisten en presentar a Obama y Trump como el mismo monstruo. Tampoco de los que pretenden hacerse famosos y millonarios retratándose el culo a lo Kim Kardashian. No, la culpa es de aquellos que no hace tanto tiempo, alzados en un trono de supuesta superioridad moral e intelectual, sentenciaron que las formas eran secundarias, superfluas y banales. Infravalorando las formas (el reflejo externo del fondo), estamos hoy donde estamos. La falta de estética se aprecia fácilmente en una diputada que mastica chicle desde un escaño del Parlament, en el regidor que asiste a un pleno del Ajuntament en bañador y en el secretario general de un partido que se presenta en el Congreso con una camisa sin planchar, tres tallas más grande y manchas de sudor. La apariencia (el arte de estar presente, en paz) y la búsqueda de la belleza (armonía entre físico, pensamiento y sentimiento) es una demostración de respeto no sólo hacia los demás, también hacia uno mismo. Por eso, la pérdida de estética es aún más denunciable y alarmante cuando un presidente del gobierno le niega el saludo al líder de la oposición, cuando un político no sabe pedir perdón (dimitir) y, por supuesto, cuando un cargo público sucumbe a la corrupción.

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Pim, pam, pum

 “No se puede negociar con la pistola del separatismo encima de la mesa. No lo hicimos con ETA y aquellas pistolas mataban…”. ¡Pim! Alberto Núñez Feijoo, para ser gallego, apuntó convencido: mirada al infinito y pertinente negación con la cabeza para sentenciar la imposibilidad.  Pero cuando se volvió a buscar el rostro cómplice de su interlocutora, la periodista Pepa Bueno que lo entrevistaba en el interior de un coche el pasado jueves, reparó en la barbaridad (flaqueza moral: intelectual y emocional) que acababa de verbalizar públicamente.

Para restablecerse de aquella lamentable comparación, el presidente de la Xunta procedió a recolocarse las gafas (comprobar que la visión del mundo seguía siendo la correcta, como si eso pudiera darse) y aplaudió las propuestas descafeinadas sobre el soberanismo en Euskadi que Urkullu ha planteado estratégicamente durante la campaña del 25S para diferenciarse electoralmente de Bildu. Feijoo recurrió al lehendakari en un intento por demostrar que, aunque no comparta su opinión sobre España, respeta al PNV porque ellos son “sensatos” y cumplen con las reglas del juego (sus reglas). Aquel viejo mito de que todas las ideas y sentimientos tienen cabida en democracia… Todas hasta que la periodista entró a matar y le disparó conceptos como “Catalunya”, “independencia”, “Puigdemont” o “Estatut”. ¡Pam!

Y fue muy curiosa la reacción de pánico (debilidad) corporal del presidente gallego al incidir en la cuestión catalana (más cuando tan sólo dos minutos antes habían tratado un asunto mucho más delicado para el popular —su viaje en yate con un narcotraficante— sin ni siquiera inmutarse). De repente, Feijoo empezó a intentar liberarse de una especie de soga al cuello (y eso que no lucía corbata y llevaba un botón desabrochado), estiró la correa del cinturón de seguridad que, justo en ese preciso instante, le oprimía el pecho y se llevó la mano al sobaco para constatar la deshidratación y desgaste enérgico sufrido. ¡Pum!

Sin querer, la inquietud de su cuerpo acababa de revelar que las movilizaciones independentistas, precisamente por ser pacíficas, es lo que más le aterra. Sin querer, la convulsión de su cuerpo confirmó que el derecho a la autodeterminación de un pueblo es una amenaza real para el Estado. Sin querer, el nerviosismo corporal del hoy «hombre fuerte del PP» acababa de regalarle legitimidad, credibilidad y salud al procés. ¡Pim, pam, pum!        

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Encuentro entre Sáenz de Santamaría y Junqueras

Lenguaje corporal

Passar de puntetes Juegas en territorio enemigo y eso se refleja enseguida. Junqueras estaba replegado (encogido): apoya la planta del pie en la silla (tocar planta del pie en el suelo=asentado) y sólo las puntas tocan el suelo (inseguridad). La número dos del gobierno español mantiene una posición mucha más chulesca. Un pie está apoyado en la silla (incomodidad) pero el otro se adelanta (este es mi territorio).

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Falta de diplomacia (Rajoy) y postureo (Sánchez)

 

Saludo vs. acuerdo El acto de estrecharle la mano a alguien puede darse como saludo inicial o final en un encuentro (hola/adiós), con el que le deseas al otro salud, o para suscribir visualmente un acuerdo (antiguamente se entregaba un guante como símbolo de convenio = te doy mi mano = compromiso). El saludo, obviamente, se produce cuando te encuentras  o despides de alguien. Fuera de ese espacio/tiempo (recepción/despedida), el mismo gesto se interpretará como una señal de entendimiento.

Falta de diplomacia y postureo Ayer, Rajoy y Sánchez llegaron a la sala juntos. Esto quiere decir que el encuentro (saludo) ya se había producido (o no) en privado. Una vez toman lugar en la escenografía -se dirigen a sus respectivos asientos-, el presidente en funciones opta por sentarse pero el líder socialista se queda de pie esperando la foto (como si el encuentro o el desencuentro no tuviera validez alguna sin una cámara delante). Sánchez reclama a Rajoy el posado. Éste se levanta y, como el protocolo indumentario estipula, abrocha su americana. Sánchez, sin concederle a su interlocutor unos segundos para recolocar su ropa, le alarga inmediatamente la mano. Cierto que Rajoy se entretiene y se hace el longui para no darle la mano (falta de diplomacia y muestra evidente de mal perder), pero Sánchez retira inmediatamente el saludo (no era sincero, postureo).

Según el protocolo… Vamos a analizar un ejemplo internacional muy parecido… Reunión bilateral entre Barack Obama y Raúl Castro en septiembre de 2015. Misma escenografía (bueno, con mejor gusto) y prácticamente mismo contexto (Guerra Fría), los dos presidentes llegan juntos (el saludo ya se ha dado en privado) y se sientan (no se quedan de pie). Obama le ofrece la mano a Castro (para que las cámaras puedan registrar que la intención y seguramente la resolución de esa reunión vaya a conllevar un acuerdo), pero el cubano lo interpreta como un saludo (inicio o final) y se levanta (desconocimiento del protocolo). Obama no quiere soltar la mano de su homólogo (respeto, diplomacia, educación) pero sabe que no debe posar con la americana abierta. Para no desprenderse de Castro, Obama intenta abrocharse con una sola mano. Al advertir el gesto, Castro se da cuenta que él también lleva la chaqueta abierta pero se ve incapaz de recolocar sus vestimentas con una sola mano y suelta al estadounidense (visualmente, ha perdido). Obama ya está listo, alarga la mano y la mantiene (sinceridad=realmente quiere ese saludo y por eso espera pacientemente) hasta que Castro está preparado.    

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