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La mala pata de CFK en el Vaticano

Esta vez no fue ni su maquillaje, ni su peinado ni siquiera su estilismo el que acusó su retraso a una cita. La presidenta argentina, conocida por sus largas demoras, esta vez tenía mejor justificación para hacer esperar 15 minutos de reloj al papa Francisco. Y es que CFK sufrió un esguince la noche del domingo que le obliga a caminar lentamente con una fédula en la pierna izquierda. Como cabía esperar, escogió una bota ortopédica negra a juego con el traje chaqueta falda brocado que marcaba un luto rotundo y protocolar -abandonando así, por un día, su tímida apertura al black and white. La jefa de estado argentina cumple siempre con el dress code del Vaticano cubriendo su cabeza con preciosos sombreros y esta vez lo hizo con un pillbox (le hubiera favorecido con un recogido).  Como calzado, prefirió una bailarina. La suela plana o no solo se debe al accidente sufrido, en otras ocasiones a la casa del papa también escogió calzados más «humildes».

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Hollande, empequeñezido y cabizbajo, ante el Papa

La aparente frialdad con la que Francisco recibió al presidente francés fue ayer la comidilla de todas las tertulias políticas. El Papa, normalmente alegre y cercano, se mostraba algo distante y serio. Muchos han justificado este extraño comportamiento del pontífice hacia su invitado por la laicidad de Hollande y las medidas aprobadas por su gobierno (simplicidad del aborto, matrimonio homosexual y primeros pasos hacia la eutanasia). Otros, también, apostaban porque el verdadero motivo de la hostilidad se debe al triángulo amoroso protagonizado por el socialista galo. Sin embargo, fue simplemente la actitud empequeñecida de François Hollande al pisar el Vaticano la que lo condenó a tal recibimiento. Porque si uno llega nervioso, cabizbajo y con la absoluta convicción de haber pecado (pese a su ausencia de fe) en vez de encontrarse con otro jefe de estado (de igual a igual), se topa ante un líder espiritual y todo lo que eso conlleva (un hombre vestido de blanco, que pese a resultar afable, es moralmente superior). Porque la mayoría de veces, el trato que recibimos de los demás lo provocamos nosotros mismos con nuestros temores, remordimientos e inseguridades.

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Hollande se mostró muy nervioso durante todo el encuentro. Le costó acomodarse en la silla y además, necesitó apoyar sus manos sobre el escritorio del Papa, algo que solo se le permite al que recibe, no al invitado (no me extraña que el Papa lo mire con cara de cabreo, le acaba de dejar las huellas sudorosas en el tablero).

 

 

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El Papa Francisco con un rosario a modo de pendiente

Ha rechazado cualquier ornamento  ostentoso, manteniendo su sencilla sotana blanca y su cruz de hierro como símbolos de la austeridad que desea para la Iglesia del siglo XXI. Tampoco se ha calzado los mocasines «rojos como la sangre de Cristo» que convirtieron a su antecesor, Benedicto XVI, en el hombre con los pies mejor vestidos. Por eso ayer, llamó especialmente la atención que Francisco luciera, a modo de pendiente, un rosario con detalles de oro. El Papa tardó unos segundos en retirarse el nuevo accesorio y es que ni siquiera él mismo se había dado cuenta que lo llevaba. Un peregrino entusiasta lanzó el obsequió con tan buena puntería que fue a parar a la oreja del Pontífice. Una señal más para demostrar que, por fin, un líder de la Iglesia empieza a escuchar al pueblo.

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Una sobria Rania de Jordania visita al Papa

Pese a que desde las revoluciones árabes Rania de Jordania se ha esforzado en vestir de un modo más austero (las prendas siguen siendo igual de caras pero no tan reconocibles), su belleza natural sobresale. Es lo que ocurrió ayer durante el encuentro con el Papa Francisco. Sin necesidad de apenas maquillaje, Rania lució un sobrio vestido negro con un pañuelo blanco -solo apto para reinas- que cubría su larga melena recogida en una sencilla cola baja.

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Francisco: «Debemos habituarnos a ser normales»

La austeridad de su atavío ya anunció el primer día que iba a ser un buen Papa. Y pasados los días y las semanas, Francisco confirma con cada palabra y gesto sus discrepancias con una la Iglesia elitista «de balcón». Ayer, de regreso al Vaticano tras su éxito en Brasil, un periodista le preguntó acerca del misterioso maletín negro que siempre lo acompaña.  «No había dentro la llave de la bomba atómica. Llevaba el maletín porque siempre lo he hecho. Cuando viajo lo llevo.  Dentro llevo la cuchilla de afeitar, el breviario, la agenda, un libro para leer…», contestó el pontífice con una sonrisa. Además añadió, «debemos habituarnos a ser normales. La normalidad de la vida».  Me encanta este hombre.

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