Muere Hugo Chávez

Aunque en los históricos bastiones izquierdistas el rojo se dispusiera omnipresente, ningún dirigente se había atrevido a defender con tanto ahínco el color de la revolución. Porque pese a que se trate de una tonalidad complicada para el vestuario masculino, el presidente venezolano nunca se ruborizó por lucir su característica franela roja. Y a estas alturas de la película, después de casi dos décadas instalado en el poder,  tan solo se conoce una razón por la que Hugo Chávez pudo llegar a plantearse colgar su máxima seña de identidad en el armario: sumar votos. “Nosotros (su comando de campaña) damos ejemplo y si me piden que me quite la camisa roja, porque significa alguna violación a la norma electoral, yo lo haría sin ningún problema. Me pondría otra verde, morada, no importa». Con tal dudosa promesa pretendía Hugo Chávez que su opositor en las últimas elecciones presidenciales, Henrique Capriles, renunciara a seguir usando una gorra con la bandera venezolana. Pero no era la primera vez que, como hiciera Pedro con Jesús, Chávez negaba a su pieza más preciada. Ocurrió el 29 de julio, el día de su 57 cumpleaños, cuando sorprendió a todos vistiendo una camisa amarilla (por supuesto, debajo llevaba una camiseta roja). A sabiendas del dominio que el mandatario caribeño demostró siempre  sobre el simbolismo del ropaje, todos los medios de comunicación, nacionales e internacionales, se apresuraron a ofrecer posibles lecturas sobre aquel cambio tan significativo. Algunos aseguraron que, ante la amenaza de una oposición cada vez más fuerte y organizada, se trataba de un acercamiento a la clase media de cara a las presidenciales de 2012; otros sugirieron que el cáncer que había padecido lo había convertido en un ser más espiritual y menos pasional; y él, por supuesto, también facilitó su propia versión de los hechos: “El tema de la camisa amarilla no tenía ninguna intención política. Buscaba una camisa y salió una amarillo pollito y dije “¡esta es!” y, bueno, un pantalón marrón”. Y fue en esa ocasión cuando formuló una reflexión cuanto menos inquietante -como si él no hubiera tenido nada que ver con la imposición del color bolivariano en su partido. “¿Por qué  tenemos que andar todo el tiempo con camisa roja? Esa gente que se viste toda roja es sospechosa…”, afirmó.  

Pero aunque ahora costara ya imaginarlo sin la típica camisa, conocía otros estilismos. De hecho, la primera vez que un joven y delgado coronel Hugo Chávez Frías apareció orgulloso ante las cámaras de televisión para reconocer que su golpe de estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez había resultado fallido, el 4 de febrero de 1992, lo hizo con su traje de paracaidista y su boina roja. “Yo andaba sin la boina, sin las fornituras, y la imagen que me llegó fue la del general Noriega cuando lo presentaron los norteamericanos después de la invasión, en franela, todo doblado. Y yo les dije: me buscan mi boina y yo me lavo la cara”, reveló el mismo protagonista sobre aquella eficaz puesta en escena. Dos años después, cuando salió de la cárcel, contaba con dos pantalones, unas camisas y tres liqui-liquis: el cuello mao del vestido patriótico, preferiblemente en verde oliva, le sirvió para empezar a hacer campaña. Sin embargo, al convertirse oficialmente en candidato presidencial decidió abandonar su indumentaria de ex golpista y optó por camisas de cuadros y chaleco para las citas informales y trajes en colores cálido –afines al clima- confeccionados por un reconocido sastre venezolano lusitano, Clement, para demás ocasiones. Así lo contó el propio comandante: “Hemos estado haciendo un esfuerzo, lógico, por necesidad de cambiar el ropero y de tener algunos trajes más o menos occidentales… No es que hay entonces esa transmutación del liqui-liqui a Clement. Yo tengo allí hasta mi traje de combate. Si ahora se prendiera un zaperoco, volvería a ponerme el traje de combate para ir a combatir. Es el hombre y sus circunstancias.” Ya una vez instalado en Miraflores, abandonó a Clement por un sastre italiano muy popular entre los caraqueños más acomodados, Giovanni Scutaro. Además, al jefe de estado le encantaba vestir de uniforme y ardía en deseos por enfundarse el traje de gala blanco de los generales aunque nunca –debido al golpe del 4F que pone fin a su carrera militar- hubiera podido ser ascendido a ese grado. Desoyendo a los asesores, Chávez se presentó en un desfile militar subido en un descapotable y luciendo la banda tricolor y abarrotado de medallas. La escena recordaba demasiado a la dictadura de Pérez Jiménez en los años cincuenta. En 2002, tras el fallido golpe de estado que ahora trataba de sacarlo a él del poder, una de sus primeras promesas será no volver a vestir el uniforme.

Fan incondicional de Fidel Castro, al que considera “el político más estiloso del mundo”, se apuntó rápidamente a la moda chandalera lanzada por el cubano. Pero pese a su apariencia hortera, el líder socialista jamás infravaloró el cuidado de su imagen: solo en los presupuestos de 2011 destinó una partida de 329,3 mil dólares para invertir en ropa y calzado y otra de 151 mil dólares para tratamientos y productos de belleza. Sobre todos estos gastos personales, Chávez confesaba sentirse avergonzado pero también defendía que “son necesarios para cumplir con su labor de representación”. Obviamente, sus opositores consideraron que su gusto por el lujo – trajes de de Brioni o Lanvin, corbatas –muchas veces también rojas- de Pancaldi o Hermes, zapatos de cuero inglés, gemelos de Montblanc, relojes de Cartier, Rolex o Victorinox – entraba en clara contradicción con el mensaje de austeridad que defendía el presidente. Y es que la incontinencia verbal solía acabar traicionándolo… Entre las más divertidas, repetir hasta la saciedad “yo soy un soldado, un campesino, un obrero” y lucir una manicura impoluta o blasfemar contra todo lo yankee y al rato, calzarse unas deportivas de la firma estadounidense nike para jugar al beisbol. Pero seguramente en algo tuviera toda la razón del mundo: “Ya me puedo vestir de cura que me van a seguir llamando tirano”. Menos mal que para Naomi Campbell tan solo se trataba de  “un ángel rebelde”.

Santiago Carrillo

Su sensibilidad estética era evidente. Fluía con naturalidad. Porque, paradójicamente, sabía que podía permitirse transgredir las reglas -incluso ceñirse un traje de raya diplomática y ajustarse el nudo de la corbata como Dios manda- sin poner en cuestión nada fundamental, léase su compromiso comunista. Político de otras épocas -quizá más violentas pero más sinceras y ricas, menos cancerígenas-, Santiago Carrillo se vestía como antaño: con tejidos nobles (auténticos), capaces de soportar los vaivenes de la vida, caducidades y las tendencias estéticas más ridículas. Cómplice del eurocomunismo, junto a Berlingue y Marchais defendieron que la derecha no tenía la exclusividad de la elegancia. Hoy los medios recordarán la peluca, diseñada por el peluquero de Picasso, con la que cruzó la frontera en 1976. Sin embargo, para mí, su prenda más especial será siempre el abrigo camel de cachemira que lucía en celebraciones de Estado. Ese vestir capaz de demostrar, por comparación y sin ni siquiera hablar, la mediocridad en la que nos iba a dejar envueltos. Descanse en paz.