Let’s go

Te quieres ir. Estás cansado. Preguntas qué está retrasando la salida y te informan de que Bill Clinton se ha entretenido charlando en la pista. Te das cuenta de que nadie va a ir a avisarlo: él también es un “presidente”. Te arremangas la camisa mientras le gritas “Bill, nos largamos” (“me estoy puteando, como tenga que ir a buscarte te hostio”). No hace caso. Pegas palmadas (me estoy calentando, te voy a hostiar así). Decides salir a la escalerilla para que tu reclamo logre efecto. Y cuando ya has cruzado el umbral de la aeronave recuerdas que ya te habías descamisado y hay cámaras filmándote (intentas ajustar el nudo pero llevas aflojado el #sólounbotón y no tiene sentido). Como ya te han visto, tiras palante y saludas con una sonrisa (“la madre que lo trajo”).

El puto amo.
Vale, ya paro. Pero #loveObama

Pedro Sánchez: guapo, sin más

Desde hace unas décadas, la socialdemocracia española tiene poco sentido. O eso es lo que se desprende de sus vacuos atavíos. La misma desidia les persigue al vestir traje que unos jeans y una camisa. La corbata roja parece ya su último reconocimiento social (el tono aleja del azul de la derecha pero la pieza también los aparta de la rebeldía de la izquierda). No hay nada nuevo, ni nada que decir. Vestirse por sistema, votar por tradición. Pedro Sánchez representa esta triste máxima del socialismo inocuo del siglo XXI.

Guapo, que no atractivo. Hay personas que cumplen los cánones establecidos de belleza pero que no transmiten nada. En cambio, otras de “belleza más discreta” se convierten en grandes seductores. Obviamente, en política es preferible un candidato atractivo (con carisma) que guapo. En España, muchas veces, los medios de comunicación se empecinan en comparar el físico de Sánchez con el de Obama. Pero el presidente de EEUU no es especialmente guapo (Michelle Obama incluso animó a todas la féminas a admirar a su marido por partes, “empezando por las orejas de soplillo”), pero resulta muy atractivo (también para los hombres heterosexuales). En la capacidad de atraer al otro no interviene tanto el físico, sino el carácter y la actitud. Y precisamente es lo que le falta a Sánchez.

El armario de los errores (horrores) Posee percha pero no le saca provecho. Consigue estropear cualquier look, aunque sea de aquellos que se recomiendan porque es imposible fallar con ellos (jeans y camisa).  Tiene un problema serio con los bajos (los trajes deben confeccionarse a medida) como pudo observarse en los Premios Príncipe de Asturias. Y como la mayoría de la clase política de este país, sufre una notable incapacidad sensitiva hacia cualquier equilibrio estético. ¿Pruebas? La cazadora al estilo Ahmadineyad (ex presidente iraní), esa americana con botones de señora que incomprensiblemente aún sigue en su armario, o la corbata verde botella que usa en las grandes ocasiones…. Arghhhhh…

El hombre de Estado. Cada atavío precisa un protocolo distinto. Si uno no es capaz de defender un traje o una corbata, es mejor prescindir de este tipo de indumentaria porque la seriedad y seguridad que se supone que estas prendas pueden aportar, desaparecen cuando no están bien gestionadas. Pocas veces recuerda que la americana, cuando uno se pone de pie, debe abrocharse.

Soy joven, soy cercano.  Los que van de “soy un nuevo rostro en la política del siglo XXI” deberían replantearse algunos de sus códigos estilísticos… Los calcetines de colores (no eres Boris Izaguirre) o la mochila deportiva al hombro (no eres un sherpa) no te hacen más cercano pero sí más inmaduro. Camisa blanca Uno de sus estilismos preferidos es una camisa blanca o azul (podría mejorar bastante la calidad del algodón) con unos Levi’s (acierta en el tono añil de los tejanos ya que es el color original del tejano y transmite seriedad pero los lleva demasiado ceñidos) o con unos chinos claros (un atavío más bien conservador de niño piji). Suele arremangarse (ni de coña como lo hace Obama) y tiene cierta obsesión por llevar suéteres (la calidad vuelve a ser pésima) bajo la americana como si eso le prestara una imagen de académico (y lo que consigue, cuando tira de rojos y azules trasnochados, es un aspecto repelente en plan Zipi y Zape). Es de los que sigue sin comprender que los dos botones desabrochados en una camisa (#pecholobo) es sinónimo de relax (vacacional) y, por lo tanto, nada apropiado para un político en activo.

Suplantación de la identidad Una cosa es inspirarse (aprender de los aciertos de los demás) y otra pretender ser otro (adoptar la identidad de otra persona). En el caso del líder del PSOE es complicado saber quién es él en realidad porque a veces va de Obama; otras, de Cameron; de Suárez; de Rivera; de Iglesias; incluso de Rajoy… “Tengo un estilo pero no me preguntes cuál es porque no lo sé”, ha admitido Sánchez recientemente. Lejos del empecine de algunos por querer atribuir cierta frivolidad al estudio de la apariencia, cuando nos referimos al estilo de una persona estamos hablando de su personalidad. En este sentido, es sumamente inquietante (peligroso) que alguien que aspira a conducir un país no se conozca ni siquiera a sí mismo.

Exteriorizar Un buen asesor de imagen es aquel que logra que los rasgos de su candidato (incluso los negativos) se conviertan en un valor (lo identifiquen, lo hagan especial). Por ahora (y faltan tres semanas para las elecciones), los consultores de Sánchez no han logrado exteriorizar o crear un candidato propio y todas sus estrategias están enfocadas a emular el modo de proceder de los demás: aunque sea reproduciendo la fotografía de un actor.

¿Por qué les gritas? Se puede sonreír con la boca o con los ojos. Sánchez abusa de la sonrisa en la boca, hasta cuando la situación no requiere tal gesto. Eso provoca que, aunque no lo sea, se lo perciba como una persona un tanto bobalicona. Quizá por ello, para combatir esa obsesión suya de gustar a todo el mundo (objetivo imposible) y resultar encantador, se empeña en parecer “duro” en los mítines (frunce el ceño y grita). Alguien debería explicarle que terminar cada frase subiendo el tono de voz de modo exagerado no lo convierte en un líder fuerte. De hecho, el silencio (las pausas en el discurso) resultaría más contundente que intentar convencer al electorado chillando.

 

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Antonio Baños, el transgresor

Acostumbrados a las camisetas pancarta de David Fernàndez, muchos andan aún despistados con las corbatas y los chalecos del nuevo líder de la CUP.  Pero para competir con el estilo pijiprogre de Romeva y el de sindicalista de Rabell, quizá el look de hombre antiguo del periodista y escritor  Antonio Baños sea hoy lo más transgresor.

1. El hombre antiguo. Por culpa de los hipsters, la magia del vintage ha perdido fuelle. Sin embargo, lo añejo (lo viejo, viejo) sigue teniendo cierto interés. Esas americanas de mil rayas, pañuelo clásico en el bolsillo (y no pseudopañuelos prefabricados cosidos en la americana que ha popularizado Albert Rivera) y terno completo (con chaleco) que lucían nuestros abuelos en fechas señaladas para no quedar en excesiva desventaja con el hombre pudiente, son lo más. En el caso de Baños, creo que el espíritu de Nin lo ha poseído. Eso sí, el fantasma reclama acudir a una buena sastrería para hacerse con trajes a medida.

2. La corbata. Alcanzado el objetivo de que la progresía se deshiciera de la soga al cuello que le había impuesto el capitalismo; en este momento, que un líder de izquierdas se ate un nudo es toda una transgresión (siempre que no se acompañe de un traje prefabricado deformado, que entonces sólo te quedas en socialdemócrata).  Ahora bien, si se va a lucir corbata, hágase bien. Llevarla aflojada por sistema, más que de intelectual bohemio, es de púber o de soltero borracho en una boda (ya lo dije, de púber).

3. El chaleco. Ya que los problemillas de Monedero con hacienda impidieron que acabara imponiendo esta pieza en el panorama político nacional, Baños podría diferenciarse entre tanto listo en las listas catalanas por sus hermillas. Bueno, y si se hace com un reloj de bolsillo, la bomba.

4. Las camisetas. No es su uniforme -como ocurría en el caso de su antecesor-, pero Baños también usa t-shirts. Sin embargo, no le favorecen. Cada vez que se enfunda una se antoja un hombre mayor tratando de hacerse pasar por un jovencito -y no es cuestión de edad ni de figura. Si se va de hombre antiguo, hay que ir de hombre antiguo hasta con los estilismos más informales. A lo más, camiseta imperio.

5. Las gafas. Lentes redondas de viejo profesor universitario. Da igual que carezcas de neuronas y cerebro (no es el caso), pero si tienes nariz y orejas para sostenerlas, te hacen parecer inteligente. No falla.

6. Los pelos. Aunque sea rala en algunas zonas, la barba casa con su estilismo. Pero debe tomar cuidado con las greñas y recortarse el pelo con frecuencia. Porque una cosa es ir de hombre antiguo y otra, de vendedor de enciclopedias de papel (obsoleto).

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