Sobre la bronca de Pisarello y Mejías

“Ah, m’ha fet ja la pregunta?” Durante la comisión municipal de Economía de hace una semana, Gerardo Pisarello volvió a demostrar falta de atención en su ejercicio. Remarco la reiteración porque justo hace un año, el primer teniente de alcalde ya hizo algo parecido… “Segueixi, segueixi. Jo estic fent altres coses”, le respondió con desdén entonces a Sònia Recasens, concejala demócrata, cuando ésta le pidió que la escuchara (mirara) mientras le interpelaba. Pisarello estaba entretenido con un móvil y, pese a que la presidenta de la comisión y líder del grupo municipal de Ciutadans, Carina Mejías, también le afeó su conducta; el número dos de Ada Colau prefirió seguir pendiente de la pantalla antes que de la realidad (miles de ciudadanos representados) que tenía enfrente. SEGUIR LEYENDO 

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A mí, ahora, las formas “me la bufan”

c5eca4_7c30e63ea52a49bba54860879eb0df18-mv2La culpa no es de los que prefieren a Pablo Iglesias antes que a Íñigo Errejón. Ni de los que persisten en presentar a Obama y Trump como el mismo monstruo. Tampoco de los que pretenden hacerse famosos y millonarios retratándose el culo a lo Kim Kardashian. No, la culpa es de aquellos que no hace tanto tiempo, alzados en un trono de supuesta superioridad moral e intelectual, sentenciaron que las formas eran secundarias, superfluas y banales. Infravalorando las formas (el reflejo externo del fondo), estamos hoy donde estamos. La falta de estética se aprecia fácilmente en una diputada que mastica chicle desde un escaño del Parlament, en el regidor que asiste a un pleno del Ajuntament en bañador y en el secretario general de un partido que se presenta en el Congreso con una camisa sin planchar, tres tallas más grande y manchas de sudor. La apariencia (el arte de estar presente, en paz) y la búsqueda de la belleza (armonía entre físico, pensamiento y sentimiento) es una demostración de respeto no sólo hacia los demás, también hacia uno mismo. Por eso, la pérdida de estética es aún más denunciable y alarmante cuando un presidente del gobierno le niega el saludo al líder de la oposición, cuando un político no sabe pedir perdón (dimitir) y, por supuesto, cuando un cargo público sucumbe a la corrupción.

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