El miedo de Ada Colau

Nuevo discurso institucional. Sí, otro. Después del de Rajoy, Felipe VI y Carles Puigdemont, le ha llegado el turno a la alcaldesa de Barcelona. Y aunque nadie la esperaba, parece ser que hay políticos a los que les encanta ser el muerto en el entierro. Sin embargo, alguien debería explicarle a Ada Colau la diferencia entre un discurso institucional y convocar a la prensa para leer un comunicado -de cabo a rabo y que podía haber colgado en Facebook como ha hecho en otras ocasiones. Si pretendía frenar el choque de trenes y tranquilizar y reconfortar a los ciudadanos ante la tormenta que se cierne mañana sobre la capital catalana, su rostro desencajado, la falta de luz y otros errores en la puesta en escena han acabado provocando más inquietud.  SEGUIR LEYENDO

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A mí, ahora, las formas “me la bufan”

c5eca4_7c30e63ea52a49bba54860879eb0df18-mv2La culpa no es de los que prefieren a Pablo Iglesias antes que a Íñigo Errejón. Ni de los que persisten en presentar a Obama y Trump como el mismo monstruo. Tampoco de los que pretenden hacerse famosos y millonarios retratándose el culo a lo Kim Kardashian. No, la culpa es de aquellos que no hace tanto tiempo, alzados en un trono de supuesta superioridad moral e intelectual, sentenciaron que las formas eran secundarias, superfluas y banales. Infravalorando las formas (el reflejo externo del fondo), estamos hoy donde estamos. La falta de estética se aprecia fácilmente en una diputada que mastica chicle desde un escaño del Parlament, en el regidor que asiste a un pleno del Ajuntament en bañador y en el secretario general de un partido que se presenta en el Congreso con una camisa sin planchar, tres tallas más grande y manchas de sudor. La apariencia (el arte de estar presente, en paz) y la búsqueda de la belleza (armonía entre físico, pensamiento y sentimiento) es una demostración de respeto no sólo hacia los demás, también hacia uno mismo. Por eso, la pérdida de estética es aún más denunciable y alarmante cuando un presidente del gobierno le niega el saludo al líder de la oposición, cuando un político no sabe pedir perdón (dimitir) y, por supuesto, cuando un cargo público sucumbe a la corrupción.

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