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Por qué la explicación de Angélica Rivera no es creíble

Análisis rápido (tengo que salir pitando ya) sobre el mensaje audiovisual que la primera dama mexicana emitió ayer para explicar la pedazo «Casa Blanca» que posee. Muchas gracias a @AnaCastleC por informarme de la emisión del vídeo.

1. Opulencia y poder. El tono morado del blazer de la primera dama no era el más idóneo para la ocasión ya que es un color para evidenciar el poder y la opulencia. Si hubiera deseado defender la independencia femenina, hubiera optado por un lavanda. 

2. Protección. Pese a que la posición corporal que adopta, hombros casi caídos, es de disculpa; la mesa tras la que se escuda crea una enorme y poco conveniente lejanía con el espectador.

3. Guión Si estamos convencidos de nuestra verdad, no precisamos de un guión para defendernos. El montoncito de hojas se antojaba como el story board del vídeo (y puede que lo fuera). Ella, más que nadie, debería saber que un buen actor o se aprende el guión o improvisa.

4. Perfección. Le ocurre igual que a su marido: exceso de perfección. Make up y peluquería muy forzada, poco natural. Las pestañas postizas no ayudan para evitar que el mensaje verbal no parezca falso.

5. Gesticulación. Demasiada gesticulación con las manos y los brazos (se traduce como nerviosismo) que no acompañaban al mensaje o, incluso, que contradecían lo que estaba diciendo. Un ejemplo: «Yo no tengo nada que ocultar», dice en una ocasión del vídeo. Mientras afirma, entrecruza los dedos de sus manos y se protege. Si fuera cierto, habría tendido las manos sobre la mesa con las palmas de la mano hacia arriba.

 

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Time para Peña Nieto

La perfección no existe y, por eso, cuando alguien pretende hacernos creer que podría acercarse a ella, despierta desconfianzas y recelos. No sé si recordaréis la obsesión de Michelle Obama en cada entrevista concedida al llegar a la Casa Blanca por dar detalles mundanos sobre su marido (así conocimos que Barack Obama, como cualquier hombre, deja tirados los calcetines en el suelo). Esta información íntima y poco ortodoxa sobre el presidente de los EEUU servía para equilibrar la imagen de un ser extraordinario, casi un superhéroe, y, por lo tanto, irreal. Por eso, la permanente apariencia de hombre 10 ofrecida por Enrique Peña Nieto se antoja excesiva. Y obviamente, esta portada  (imagen y titular) de la revista Time no ayudan a que el presidente de México resulte creíble. Además de la actitud altiva de Peña Nieto (que refuerza el tupé), el contrapicado de la fotografía agrava la sensación de lejanía. Salvo casos excepcionales, tanto los picados (empequeñecer) como los contrapicados (engrandecer) son poco recomendables para un posado político. Y es que aunque el contrapicado transmita poder, grandeza y seguridad, su uso abusivo por parte de los mayores dictadores de la historia lo ha condenado dentro de la comunicación política. Siempre es preferible posar de frente y que el candidato mire directamente al objetivo de la cámara para conseguir conectar con el observador.

PD. Gracias a José Vázquez por animarme a escribir sobre este asunto.

 

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