Diplomacia

El arte del protocolo y las buenas maneras en sociedad se basan en el hecho de estar presentes. La (buena) presencia se da cuando cuerpo, mente y comportamiento están en perfecta armonía. Se reconoce al formado e ilustrado en estas dotes por su serenidad; nunca un mal gesto, nunca una salida de tono (ni estética, ni verbal). Creerán los más bárbaros que durante la discrepancia no cabe en esta ciencia, aparentemente tan reprimida, respuesta a la ofensa; pero se equivocan. Primero porque “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio” y segundo, porque armas imbatibles como la fina ironía, el sarcasmo y humor han sido siempre seña de gustos y talentos exquisitos…  SEGUIR LEYENDO

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Puigdemont en La Moncloa

A la derecha El apretón de manos lo instiga el que recibe o el que alberga mayor poder. El anfitrión (en este caso, Rajoy) parte con ventaja porque es el que toma la posición privilegiada en el saludo. Colocado a la derecha, la mano de uno puede dominar (girar) la del otro individuo hacia abajo (limosna) y, además, gráficamente se apunta un tanto: es la mano que capta la cámara (la otra queda oculta, pierde). El presidente español no ha sometido al catalán (no ha obligado a Puigdemont a colocar su mano en posición de súplica) y ninguna de las partes (quitando que el líder del PP es más alto) ha quedado por encima (superioridad) o por debajo (inferioridad) de la otra.

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Palmadita  Insisto, jugar en casa conlleva ciertas ventajas. ¿Podríamos justificar así la palmadita de Mariano Rajoy a Puigdemont? Podríamos. Sin embargo, la última vez que Artur Mas pisó La Moncloa fue el president el que golpeó (mando yo) a Rajoy. Claro que el dominio del lenguaje corporal y escénico del líder de CDC es incomparable a ningún otro líder peninsular actual. En ese sentido, #aprendandeMas

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Sonrisas (y cierto vacile) A diferencia del tenso encuentro con Mas, el de Rajoy y Puigdemont ha sido incluso cordial. La permanente sonrisa del actual president ha alejado la sensación de “català emprenyat” y es algo que puede beneficiar a la imagen (diabólica) que se le da al procés en España (entiendo que el “vacile” de los reporteros con el “merci beaucoup” no lo ha pillado ni Rajoy…). Puigdemont parecía mucho más interesado y dispuesto a alcanzar algún tipo de acuerdo: se ha inclinado hacia delante para conversar con el presidente español (disposición); cuando ha cruzado las piernas, el pie estaba dirigido hacia Rajoy (reconoce al interlocutor); y ha colocado las 46 propuestas sobre la mesa, entre los dos (vamos a hablar sobre esto). Artur Mas tomó una posición mucho más agresiva y fría (autoritaria) al aposentarse en el sillón (intimidar al contrario), apuntar con el pie hacia la puerta (me quiero largar de aquí) y guardar sus peticiones en el reposabrazos derecho (lealtad a las reivindicaciones) lejos de la persona a la que se suponía debía convencer (no pienso ceder en nada/no reconozco tu superioridad).

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Cachondeo entre los reporteros gráficos. A Puigdemont le divierte (¡¡¡aún así no se apunta con el dedo!!!!), Rajoy no entiende nada (cuando no entiende saca la lengua) y su mano izquierda escenifica la tensión del momento (¿qué dice esta gente?).

 

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La cara de Puigdemont de “vinga, no us passeu amb aquest pobre home” mientras Rajoy saluda (un poco a lo “jeu, caloma, jeu”) a un público “entregado”.

 

Obsequio Desgraciadamente, hace ya mucho que se perdió la bella costumbre de llevar un obsequio cuando se visita a alguien. Pablo Iglesias ha utilizado en numerosas ocasiones (el rey, Rajoy, Sánchez…) esta vieja práctica para asegurarse la foto. Ahora bien, es un detalle que define (personaliza) a Iglesias y, por eso, en algunas ocasiones, le funciona positivamente. Hace unas semanas, Puigdemont recibió al líder de la formación morada en Palau y le regaló un libro sobre Andreu Nin. Si hacemos caso al protocolo, era Iglesias el que tenía que agasajar al anfitrión (ojo a los independentistas que han caído rendidos ahora a Coleta Morada: Pablo Iglesias no le llevó nada al president. Por algo será…). Además, tener que recurrir a copiar una técnica de seducción (cortejo, marqueting, postureo…) de otro dice muy poco de uno (y su equipo, claro). Y hoy llega Rajoy -tonto el último- y le entrega un ejemplar de El Quijote a Puigdemont. La derecha española y catalana siguiendo la tendencia podemita… #enshock

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El Quijote (pero sólo la II parte) Buscarán los medios mil interpretaciones para tal elección literaria. “Es el aniversario de Cervantes y en Catalunya por Sant Jordi se regalan libros”, se ha justificado el presidente español. En el caso de que hubiera cierta malicia en la entrega y su mensaje (léase, “locos que divisan gigantes en vez de molinos”), el argumento utilizado por el popular -“en Catalunya por Sant Jordi se regalan libros”- reconoce la singularidad de la identidad catalana (ya es un avance porque para Rajoy hasta hace nada los catalanes sólo le gustábamos porque “hacíamos cosas”, pero sin especificar qué). La cara de asco de Rajoy al entregarle el libro no la malinterpreten. Esa mueca la hace cuando desconoce algo: no sabía cómo abrir el libro (una obra con cierre antiguo… Ay…). La estampa del presidente español sentado con el botón de la americana abrochado sí es para #hiperventilar, madre mía. Ni Sancho Panza… Aunque lo de los bajos de Puigdemont y el agua embotellada en plástico con copa de vidrio también es para #hiperventilar un ratito, ¿eh?

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Falta de diplomacia (Rajoy) y postureo (Sánchez)

 

Saludo vs. acuerdo El acto de estrecharle la mano a alguien puede darse como saludo inicial o final en un encuentro (hola/adiós), con el que le deseas al otro salud, o para suscribir visualmente un acuerdo (antiguamente se entregaba un guante como símbolo de convenio = te doy mi mano = compromiso). El saludo, obviamente, se produce cuando te encuentras  o despides de alguien. Fuera de ese espacio/tiempo (recepción/despedida), el mismo gesto se interpretará como una señal de entendimiento.

Falta de diplomacia y postureo Ayer, Rajoy y Sánchez llegaron a la sala juntos. Esto quiere decir que el encuentro (saludo) ya se había producido (o no) en privado. Una vez toman lugar en la escenografía -se dirigen a sus respectivos asientos-, el presidente en funciones opta por sentarse pero el líder socialista se queda de pie esperando la foto (como si el encuentro o el desencuentro no tuviera validez alguna sin una cámara delante). Sánchez reclama a Rajoy el posado. Éste se levanta y, como el protocolo indumentario estipula, abrocha su americana. Sánchez, sin concederle a su interlocutor unos segundos para recolocar su ropa, le alarga inmediatamente la mano. Cierto que Rajoy se entretiene y se hace el longui para no darle la mano (falta de diplomacia y muestra evidente de mal perder), pero Sánchez retira inmediatamente el saludo (no era sincero, postureo).

Según el protocolo… Vamos a analizar un ejemplo internacional muy parecido… Reunión bilateral entre Barack Obama y Raúl Castro en septiembre de 2015. Misma escenografía (bueno, con mejor gusto) y prácticamente mismo contexto (Guerra Fría), los dos presidentes llegan juntos (el saludo ya se ha dado en privado) y se sientan (no se quedan de pie). Obama le ofrece la mano a Castro (para que las cámaras puedan registrar que la intención y seguramente la resolución de esa reunión vaya a conllevar un acuerdo), pero el cubano lo interpreta como un saludo (inicio o final) y se levanta (desconocimiento del protocolo). Obama no quiere soltar la mano de su homólogo (respeto, diplomacia, educación) pero sabe que no debe posar con la americana abierta. Para no desprenderse de Castro, Obama intenta abrocharse con una sola mano. Al advertir el gesto, Castro se da cuenta que él también lleva la chaqueta abierta pero se ve incapaz de recolocar sus vestimentas con una sola mano y suelta al estadounidense (visualmente, ha perdido). Obama ya está listo, alarga la mano y la mantiene (sinceridad=realmente quiere ese saludo y por eso espera pacientemente) hasta que Castro está preparado.    

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