Más se perdió en Cuba

Ya en el debate electoral se lo echaron en cara tanto Casado como Abascal a Sánchez. A cuenta de qué, y menos en estos momentos tan delicados para la sagrada unidad de España, tenía que visitar Felipe VI Cuba. El presidente en funciones respondió, pero lo hizo políticamente (a medias): «No están ustedes enterados que se cumplen 500 años de la fundación de La Habana; y son innegables nuestros lazos con los cubanos». Lo que obvió el líder socialista es que en vez de participar en los actos oficiales de conmemoración; los reyes visitarían la isla unos días antes para no tener que coincidir con invitados incómodos (entre ellos, Nicolás Maduro o Vladimir Putin). SEGUIR LEYENDO 

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La obsesión del clan Kim por imponer su peinado

El actual líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, ha decidido imponer su particular corte de pelo, rapado en los lados y mechón largo en el tope del cuero cabelludo, a toda la población masculina de su país. Una obsesión, la de controlar la estética del cabello, que ya se persiguió durante el mandato de su padre, Kim Jong Il, cuando se emitieron una serie de capítulos televisados titulados Vamos a cortar el pelo de acuerdo al estilo socialista. En esta cinta se advertía que el crecimiento excesivo del pelo, «al consumir una gran cantidad de nutrición», resta energía al cerebro y vuelve estúpidos a los hombres que se atreven a lucir un largo de más de 5 centímetros. Según a este razonar, en las peluquerías se disponía hasta la fecha de un reducido catálogo de opciones capilares aprobadas por el Amado Líder: ellos podían elegir entre 10 looks y ellas, de momento, siguen disponiendo de 18 peinados pero sujetos en función de si están solteras o casadas.

 

La obsesión del clan Kim por el cabello, como cualquier totalitarismo que se precie, no descansa. Kim Il Sung, padre fundador, fue famoso por sus mechones grises (otro que se suma a la lista de Cruellas de Vil): el pelo cardado de Kim Jong Il, trampantojo para ganar unos centímetros más de estatura, fue muy parodiado por el resto del mundo; ahora, Kim Jon Un pretende imponer su propio estilo.

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Julio Anguita, el Califa Rojo

Ante la posibilidad de entrevistar esta tarde a Julio Anguita, me ha sucedido algo realmente curioso y casi enternecedor en un contexto como el que estamos viviendo. Porque es citar el nombre del Califa Rojo y haber quórum, charles con el que charles (izquierda, derecha, centro, agnósticos o espectadores de Sálvame): «un político honesto, una persona buena». Si en él hay un rasgo estético que lo represente será su barba. La lleva desde «el 8 del 12 de 1977″ por «motivos sentimentales», y de ahí ya no le sacas nada más. Una barba, ahora blanca, siempre perfectamente cuidada y recortada (ya podrían aprender muchos). Tanto es así, que en un mitin en 1993, una intérprete de sordomudos cubría la parte inferior de su rostro para referirse al comunista cordobés. Debe ser algo coqueto, la elegancia, para lucirla, hay que trabajarla. Pero en él, la clase (la actitud con la que presta también a su atavío) se traduce en respeto y eso, para un político, debería ser el pan de cada día. Sus jerséis y sus chalecos de punto se entremezclan con camisas tejanas y no hay miedo a vestir un buen traje. La corbata, en contadas ocasiones. Seguirán preguntándome los líderes de izquierdas actuales cómo adornar sus ideas para que la gente los reconozca (algo que, debo reconocer, me causa un vértigo terrible), la respuesta está cada vez más clara: ante todo, hay que ser (sentirse) de izquierdas.

 

La moda roja

La idea de la moda en los regímenes comunistas evoca imágenes de mujeres envejecidas bajo una pañoleta pero también jeans oscuros en los mercadillos. Ahora un nuevo libro, Fashion East, demuestra que pese a la versión oficial, el socialismo también poseía una íntima relación con la moda. Es más, las frívolas y antirrevolucionarias tendencias estéticas acabaron por aceptarse.

Ya en los primeros años, tras la revolución de 1917, mientras los afiches de la propaganda oficial mostraban a gruesas mujeres en ropa campesina avanzando hacia un futuro socialista, una corriente promovía una moda ultramoderna, basada en la geometría y el arte constructivista. Más adelante, en el período stalinista, la ropa devino parte del mito oficial: toda mujer debía tener acceso a la moda. Se creó entonces Dom Modelei (Casa de Prototipos) a cuya inauguración asistió la diseñadora italiana y enemiga de Coco Chanel (muy admirada por los comunistas ya que sus modelos eran muy prácticos pero que casi nadie podía permitirse), Elsa Schiaparelli. Ésta diseñó una sencilla línea para la mujer soviética ideal para la producción masiva que nunca llegó a realizarse pues –irónicamente- las autoridades la consideraron demasiado común.

Por su parte, los sofisticados modelos promocionados en las revistas femeninas, en cuyas editoriales se aconsejaba a las mujeres qué usar para cada ocasión, nunca llegaban a las tiendas. El único material disponible era el algodón blanco, por eso muchas mujeres recurrían al mercado negro -discretamente aceptado por el régimen- o se decantaban por coser su propia ropa en casa.

El nacimiento de una auténtica moda rusa tuvo lugar a partir de los años 70 con Slava Zaitsev, el más famoso de los diseñadores rusos, quien apostó por recuperar los tradicionales estampados étnicos y logró un gran éxito internacional. Incluso la prensa occidental lo llegó a bautizar como el “Dior rojo”, lo que provocó la ira de las autoridades que no soportaban a los genios creativos y le impidieron viajar durante veinte años.