A mí, ahora, las formas “me la bufan”

c5eca4_7c30e63ea52a49bba54860879eb0df18-mv2La culpa no es de los que prefieren a Pablo Iglesias antes que a Íñigo Errejón. Ni de los que persisten en presentar a Obama y Trump como el mismo monstruo. Tampoco de los que pretenden hacerse famosos y millonarios retratándose el culo a lo Kim Kardashian. No, la culpa es de aquellos que no hace tanto tiempo, alzados en un trono de supuesta superioridad moral e intelectual, sentenciaron que las formas eran secundarias, superfluas y banales. Infravalorando las formas (el reflejo externo del fondo), estamos hoy donde estamos. La falta de estética se aprecia fácilmente en una diputada que mastica chicle desde un escaño del Parlament, en el regidor que asiste a un pleno del Ajuntament en bañador y en el secretario general de un partido que se presenta en el Congreso con una camisa sin planchar, tres tallas más grande y manchas de sudor. La apariencia (el arte de estar presente, en paz) y la búsqueda de la belleza (armonía entre físico, pensamiento y sentimiento) es una demostración de respeto no sólo hacia los demás, también hacia uno mismo. Por eso, la pérdida de estética es aún más denunciable y alarmante cuando un presidente del gobierno le niega el saludo al líder de la oposición, cuando un político no sabe pedir perdón (dimitir) y, por supuesto, cuando un cargo público sucumbe a la corrupción.

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Maduro sigue verde

“Yo no soy Chávez”, insiste el corpulento ex chófer de autobús de 1,90 metros de estatura y espeso bigote. Y tiene razón Nicolás Maduro. Porque aunque el candidato del socialismo bolivariano intenta parecerse al presidente fallecido -baila, salta y chilla ante sus seguidores-, Chávez es inimitable. Por eso, ni la boina, ni la camisa roja cumplen su cometido. Tampoco, la corbata escarlata combinada con traje negro y camisa blanca que utilizaba el comandante en sus días formales le sirve. Y Maduro, que aún anda algo verde en campañas electorales, se refugia en el chandalismo tricolor que le recomiendan los asesores para ganar unas elecciones que ya están ganadas de antemano por el espectro de Chávez y unas cuantas razones más. Pero el chándal en la izquierda, más que para ir a practicar deporte como hacían los pijos en los 70 o ir a comprar el pan como hacen los horteras,  sólo se dispone cuando uno está tocado y gravemente enfermo. Pregúntenle a Fidel Castro por el Adidas (Nike, Puma…). “Prescripción médica” , les dirá.  Así que, en principio, la prenda de táctel tricolor y la gorra de béisbol a juego no creo que le favorezca lo más mínimo.  A no ser, claro, que al líder de la oposición el estilismo le siente peor. (En serio, ¿qué hace Henrique Capriles imitando el estilismo chavista?).

Sin embargo, en algo sí que se asemeja Maduro a Chávez. Dice que odia a los ricos y el lujo pero no se quita el peluco valorado en 1.025$ de la firma Tissot; se declara antiestadounidense y se calza unos calcetines de ejecutivo con motitas de colores de Tommy Hilfiger… Ahi, en la incoherencia ideoestética, sí borda el papel.