El juez que ríe

Sonríe siempre. No sólo en el juicio del 1-O, no, no… Siempre. Sin mucho ahondar, en youtube se encuentran rápidamente 3 vídeos de Antonio del Moral (conocido popularmente como “el juez que ríe”). Y hace exactamente lo mismo. Que ofrece una charla sobre “juicios paralelos”, sonríe. Le hacen una “entrevista”, sonríe. Y, por supuesto, si le preguntan sobre el cannabis, sonríe (y supongo que si le ponen de fondo a Bob Marley, se parte). SEGUIR LEYENDO

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Aquesta foto

Lo reconozco. Esta foto de Olga Suanya (@osuanya) logró cerrarme la boca. Tan enfrascada estaba en recriminar a Palau el poco mimo que tienen con la imagen del MHP que casi me pierdo esta joya de la semiótica visual tomada en la plaça Sant Jaume en la diada de la Mercè. SEGUIR LEYENDO 

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A mí, ahora, las formas “me la bufan”

c5eca4_7c30e63ea52a49bba54860879eb0df18-mv2La culpa no es de los que prefieren a Pablo Iglesias antes que a Íñigo Errejón. Ni de los que persisten en presentar a Obama y Trump como el mismo monstruo. Tampoco de los que pretenden hacerse famosos y millonarios retratándose el culo a lo Kim Kardashian. No, la culpa es de aquellos que no hace tanto tiempo, alzados en un trono de supuesta superioridad moral e intelectual, sentenciaron que las formas eran secundarias, superfluas y banales. Infravalorando las formas (el reflejo externo del fondo), estamos hoy donde estamos. La falta de estética se aprecia fácilmente en una diputada que mastica chicle desde un escaño del Parlament, en el regidor que asiste a un pleno del Ajuntament en bañador y en el secretario general de un partido que se presenta en el Congreso con una camisa sin planchar, tres tallas más grande y manchas de sudor. La apariencia (el arte de estar presente, en paz) y la búsqueda de la belleza (armonía entre físico, pensamiento y sentimiento) es una demostración de respeto no sólo hacia los demás, también hacia uno mismo. Por eso, la pérdida de estética es aún más denunciable y alarmante cuando un presidente del gobierno le niega el saludo al líder de la oposición, cuando un político no sabe pedir perdón (dimitir) y, por supuesto, cuando un cargo público sucumbe a la corrupción.

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Let’s go

Te quieres ir. Estás cansado. Preguntas qué está retrasando la salida y te informan de que Bill Clinton se ha entretenido charlando en la pista. Te das cuenta de que nadie va a ir a avisarlo: él también es un “presidente”. Te arremangas la camisa mientras le gritas “Bill, nos largamos” (“me estoy puteando, como tenga que ir a buscarte te hostio”). No hace caso. Pegas palmadas (me estoy calentando, te voy a hostiar así). Decides salir a la escalerilla para que tu reclamo logre efecto. Y cuando ya has cruzado el umbral de la aeronave recuerdas que ya te habías descamisado y hay cámaras filmándote (intentas ajustar el nudo pero llevas aflojado el #sólounbotón y no tiene sentido). Como ya te han visto, tiras palante y saludas con una sonrisa (“la madre que lo trajo”).

El puto amo.
Vale, ya paro. Pero #loveObama