A Sota

Llevo días pensando en ti. La primera noche después de ver lo que te habían hecho, no pude conciliar el sueño. Abrazaba a Naya e imaginaba cuál hubiera sido mi reacción si a ella un desalmado le hubiera pegado un tiro por protegerme. Nunca sabes cómo podrías reaccionar en una situación de crisis, pero algo me dice que yo también hubiera acabado presa o muerta por defenderte y vengarte. Porque todos los animales -los no humanos, más- somos muy buenos hasta que nos tocan lo que más queremos. Y tú, Sota, debías ser lo más preciado de la vida de tu humano; como Naya lo es para la mía y, quizá, como vuestros humanos lo somos para vosotros, los perros. SEGUIR LEYENDO

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El carrer dels petons

La dislexia provoca que toda funcional brújula del siglo XXI (móvil) se convierta en un trasto inútil entre mis manos. Todavía paseo por mi ciudad a trompicones, avisando a los que pacientemente me aguardan con mensajes de “SOS, no sé dónde estoy”. Por suerte, la gente que me tropiezo por la senda de la desorientación suele ser amabilísima y se entretiene en indicarme con dilatada precisión -no me mandan seguir el camino de las baldosas amarillas, pero casi-. “La siguiente es el carrer dels petons pero ya verás que no tiene salida (…)”, me advirtió hace un par de semanas un atento barrendero. Tras despedirme de mi oráculo, me planté (obviamente) en tan sugerente callejuela… SEGUIR LEYENDO 

 

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