Análisis visual del primer discurso de Trump como presidente electo

Otra vez ganaron las emociones Ante todo, los humanos somos seres emocionales. Y para ganar unas elecciones, empatizar con el electorado, hay que generar algún tipo de emoción (la que sea). Las emociones pueden ser positivas (optimistas y esperanzadoras como las que transmitía Obama en 2008) o negativas (el miedo y el odio de Trump en 2016). Si en estas elecciones se hubiera librado la batalla moral entre «el bien» y «el mal», muchos habrían entendido que generar confianza y respeto siempre es mucho más productivo que propagar decepción e ira. Sin embargo, la frialdad de la candidata Hillary Clinton y la contención de su equipo de campaña -miedo a feminizarla demasiado y recurrir a Michelle para que en la campaña demócrata alguien proyectara un puñetero sentimiento sincero- no sólo ha impedido la disputa, también explica la victoria de Trump. El triunfo del republicano alimenta y pondrá de moda las campañas agresivas y de desprecio que muchos partidos y candidatos vislumbran para hacerse con el poder de un modo fácil y rápido (es mucho más sencillo fingir enfado que alegría).

Lenguaje corporal En su primer mensaje como presidente electo, hemos visto a un Trump más sereno. Durante los primeros minutos parecía que finalmente había tomado conciencia de la responsabilidad que acaba de asumir. Sus gestos eran más abiertos y receptivos: en numerosas ocasiones ha recurrido a los brazos en cruz y mostrar las palmas de las manos (os lo digo de verdad). Pero aunque pretendía dibujar una sonrisa de agradecimiento, la sonrisa era forzada (sólo con la boca, no con los ojos) y triste (si se abusa de la sonrisa de Bull Dog, después es imposible deshacerse de ella). La postura de supuesta concordia le ha durado nada. Enseguida ha empezado a hacer su sempiterno gesto de ok  (Trump modifica el gesto y, por lo tanto, cambia el significado: agita arriba y abajo la mano y, más que un «todo está bien»,  debemos leerlo como «se hará lo que yo diga y eso estará bien»). No creo que el Trump verdadero sea tan exagerado como el de la campaña, pero tampoco estaba interpretando un papel demasiado ajeno a su personalidad. El cuerpo no miente y su lenguaje no verbal negativo, aun cuando sabe que debe controlarlo, acaba apareciendo.

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Escenografía Aparece Trump y detrás de él, en fila, lo sigue su familia y equipo que, obedientes, no dan un paso si el líder supremo no lo hace primero. Ningún vínculo físico con su mujer ni sus hijos (hasta que no los saluda con un beso al final del discurso). Ya instalado en el atril, lo flanquean dos hombres: a su derecha, Pence  y a la izquierda, su hijo pequeño (las corbatas de los tres conformaban la bandera de EEUU). Melania y el resto de mujeres quedaban fuera del primer plano televisivo. Muy diferente a la escenografía de la victoria de Obama en 2008 cuando apareció acompañado (núcleo unido, familia, grupo, en común) por sus dos hijas (él cogía de la mano a Sasha) y de Michelle (con Malia).

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Indumentaria Horroroso ver a un presidente de EEUU con la americana desabrochada y la corbata colgando por debajo de la hebilla del cinturón… Y claro, si el padre lo hace que no hará el hijo… Las hijas de Trump iban vestidas de azul (con tejidos inflamables de los chinos), la nuera, de rojo, y Melania, de blanco (lo de conformar la bandera americana les encanta). Sin embargo, la elección estilística de Melania Trump fue la más estudiada para provocar a los demócratas: ¡ la futura primera dama lució un white  jumpsuit de Ralph Lauren (4.000€)! Las seguidoras de Clinton habían acordado vestir un white pant suit, inspirado en el famoso Ralph Lauren de Hillary, si la demócrata ganaba las elecciones como símbolo del feminismo. 

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Cierra las piernas

Mis reiteradas críticas acerca de la posición que adoptaba Felipe VI para sentarse me valió una buena regañina de mi tío: «los hombres no cruzan las piernas», sentenció. Me pareció curioso que ese comentario lo apuntara él… Me he criado rodeada de varones y precisamente mi tío -aunque nunca le ha hecho falta cruzar las piernas- no es de aquellos machos que necesitan reclamar su poder abriéndose de piernas. Siempre, y digo siempre porque de pequeña ya era algo que me creaba un rechazo espantoso, me he mantenido alejada de los caballeros que se espatarran al sentarse. Y aunque al principio creía que era algún otro trastorno propio (uno de tantos), comprobé que la animadversión por este tipo de posición corporal masculina es común entre el sexo femenino. Tanto que en el metro de Nueva York se han decidido a pedir que los viajeros varones eviten tal comportamiento en el transporte público.

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En lenguaje no verbal, cuanto más ocupas, más poder tienes. Piensen en lo que hace un atleta nada más llegar a la meta: extender los brazos (victoria). Los tacones para las mujeres, los cuerpos musculados en los hombres, o la cantidad de capas de ropa que se pueda llegar a echar encima la clase alta también buscan esa sensación. En este sentido, las piernas abiertas en los caballeros, con sus atributos colgando como principales protagonistas, pretenden someter a los que no alcanzan su poderío animal. Si esta actitud la toman frente a una dama, provocarán que esta se sienta incómoda (las féminas, víctimas de un machismo histórico, continuamos considerándonos inconscientemente -y en comunicación no verbal- el sexo débil).  Frente a la sumisión no verbal a la que obligan a la mujer, los otros machos suelen responder imitando la postura amenazadora del provocador.

En política, donde las relaciones diplomáticas son esenciales, este tipo de postura tan agresiva puede acarrear graves problemas de comunicación…

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El pasado sábado tuve que cambiar de canal y pasar de escuchar a Albert Rivera en La Sexta Noche. El presidente de Ciutadans se pasó toda la entrevista con las piernas abiertas y la corbata (larguísima) cubriéndole las partes. Desagradable.

 

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Muchas veces, la necesidad de ocupar más espacio del necesario se debe a que uno se siente inseguro. Los nervios suelen propiciar posturas incorrectas que transmiten una imagen equivocada o no pretendida.

 

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Los hombres son muy dados a imitar la posición corporal del que tienen enfrente.

 

 

 

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Susana Díaz aguantando el tipo. Yo es que no me siento, vamos.

 

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Lo de Rajoy es que es de manual. Rubalcaba, algo más fino que Rajoy, en vez de espatarrarse, utiliza sus brazos para frenar la conquista del presidente.

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Ojito porque aquí el presidente mantiene postura y apunta con el dedo… Artur Mas se vale de un accesorio (la libreta) para expandirse sin perder un ápice de dignidad.

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En esta pelea de gallos, aunque me duela en el alma, gana Putin. Obama apreta la boca y tiene los pies en tensión (ganas de largarse), mientras que Putin (pese a la postura adoptada) conserva el rostro relajado y sus pies están anclados en el suelo (de aquí no me muevo).

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Normalmente, Obama suele cruzar las piernas. Frente a la postura de Putin, esta reacción del estadounidense (ambos pies en el suelo pero sin caer en la provocación del otro) es más acertada (demuestra serenidad frente al ataque).