La mirada de John Berger

Ha muerto John Berger y los medios no saben cómo reseñar su trabajo para que los lectores comprendan la grandeza de su obra: crítico de arte, pintor, escritor, fotógrafo, filósofo, campesino, marxista… Para mí era un hombre que leía imágenes; disciplina, la de saber mirar, que desgraciadamente es rara de ver. En su libro About looking hay un capítulo titulado El traje y la fotografía que invita a un ejercicio visual (filosófico, sociológico, antropológico, etológico, estético…) absolutamente fascinante a través de estos tres retratos de August Sander.

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Berger analiza el retrato Jóvenes granjeros de August Sander en el que tres hombres acuden vestidos de domingo a un baile. “Es el año 1914. Los tres jóvenes pertenecen, a lo sumo, a la segunda generación que alguna vez usó este tipo de trajes en el campo europeo. Veinte o 30 años antes, ese tipo de ropa no existía a un precio que los campesinos pudieran permitirse“. El sastre generalizado a mediados del siglo XIX se ajustó intencionadamente para favorecer al señor inactivo que no debía estar inmerso jamás en ningún tipo de función productiva. De este modo, para comprobar si un terno estaba bien hecho, sólo había que fijarse en si la chaqueta amplia de corte recto se esmeraba lo suficiente en ocultar la barriga y si el pantalón, en forma de tubo, disimulaba las piernas flacas tan características en las personas sedentarias. El conjunto -con la corbata y el zapato de punta- se concibió para enaltecer el gesto al caminar, sentarse, hablar, escribir… pero no para practicar ningún tipo de ejercicio físico. En suma, como sentencia Berger, “la arquitectura del traje deforma al trabajador”.

“Se convenció a la población rural, y de forma diferente a los trabajadores urbanos, para que escogieran el traje como prenda de vestir (…) Las clases trabajadoras, aunque en esto los campesinos son más sencillos, más ingenuos que los trabajadores, llegaron a aceptar como suyos ciertos valores de la clase que gobernaba, en este caso, el de la elegancia en el vestir”. Al mismo tiempo, su misma aceptación de sus estándares, su conformismo con respecto a unas normas que no tenían nada que ver ni con su propia herencia ni con su experiencia cotidiana, los condenó, de acuerdo, con este sistema de valores, a ser siempre, para las clases que están por encima, ciudadanos de segunda categoría (descoordinados, patizambos, piernicortos, culibajos, bastos, torpes y brutotes).  “Sus manos se ven demasiado grandes, sus cuerpos demasiado delgados, sus piernas demasiado cortas En mi opinión, esto se debe a que los pantalones y chaquetas no son de su talla. Es decir, los campesinos no han sabido comprar buenos trajes o no saben cómo usarlo.” Y esto es para Berger un pequeño pero demostrativo ejemplo de la hegemonía de clases.

A continuación compara esta imagen con esta otra fotografía de Sanders y le pide al lector (al mirón) que cubra las cabezas y las manos de los componentes de la banda: “De ninguna de las maneras alguien podría creer que estos individuos pertenezcan a la clase alta o media.” Según Berger, sólo atendiendo a la constitución de sus cuerpos y la ropa que usan y cómo la usan se puede uno suponer a que escala social pertenecen. Porque el vestido burgués decimonónico (y aún hoy) debía estar confeccionado por un sastre, con una tela escogida cuidadosamente para que durara tanto como la casa o como la empresa que se iba a dejar a los hijos. Por eso, cuando hombres de espaldas, hombros y músculos desarrollados se enfundaban versiones baratas del saco el resultado era bastante penoso (incoherente).

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En un nuevo ejercicio, Berger propone comparar ahora estas dos imágenes con esta nueva fotografía. Al practicar el mismo ejercicio que con la segunda fotografía (taparle las caras y las manos a los retratados), el traje se antoja personalizado (hecho para favorecer los defectos de sus cuerpos) y ahora sí cumple su cometido: denotar autoridad natural. Berger insiste en que comprobemos la armonía que genera la coherencia entre el traje y la expresión de sus cuerpos: “El traje, la experiencia, la formación y la función social coinciden”.

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