La rosa encantada

Érase una vez, en un país muy, muy cercano (…). La rosa que les habían ofrecido (los votos a una mayoría independentista) era en verdad una rosa encantada que seguiría fresca hasta que se cumplieran 21 meses (alguien poco enterado con el relato de Disney dijo 18, pero en realidad tienen de margen hasta junio).

Si los habitantes de aquel Palau eran capaces de celebrar (o fijar una fecha) un referéndum o referéndum vinculante antes de que cayera el último pétalo se desharía el hechizo y tendrían la posibilidad de independizarse. Si no, seguirían condenados a seguir formando parte del Estado para siempre y acabarían todos inhabilitados. Al pasar los meses, algunos comenzaron a impacientarse y perdieron toda esperanza (a hablar de posibles “candidatos autonomistas” y a querer denunciar al aliado ante la fiscalía enemiga, un disparate). SEGUIR LEYENDO

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Pisarello, apaga el maldito móvil

Cada vez tenemos más ansias por comunicar pero cada vez nos comunicamos peor. El éxito de la comunicación depende de que estemos presentes en la conversación. El oír no implica escuchar y el atender precisa observar (sentir) al emisor. Para empezar, porque las palabras sólo representan el 7% del impacto total de un mensaje frente al 55% de información que aporta el lenguaje no verbal (corporal, estético, escenográfico, protocolar…). Para continuar, porque el hecho de no tener a la persona enfrente, no tener la obligación o posibilidad de mirarla a los ojos, facilita el engaño y la mentira (de ahí el tremendo éxito de aplicaciones refugio como whatsapp, pese a la cantidad de malinterpretaciones que genera). Para acabar, porque no es lo mismo que nos declaremos o pidamos disculpas a la cara (valentía) que enviar un mail o un emoticono con un corazón o unas manos de súplica (cobardía). SEGUIR LEYENDO

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¿Qué imagen conquistará el Elíseo?

Vestir mal en Francia se considera antipatriótico. En el ADN de un parisino va implícito la exquisitez del savoir faire: que la excelencia visual parezca sencilla, no pretendida (algo tan fácil pero sublime como una mesa repleta de quesos y vinos o una camisa blanca de algodón).

Por eso se antoja tan injusto como absurdo pretender encontrar conexiones estilísticas (ideológicas) entre los aspirantes a ocupar el Elíseo y la mayoría de bárbaros que pasean actualmente por la península ibérica. Fillon no es Rajoy, Macron no es Rivera, Hamon no es Sánchez, Mélenchon no es Iglesias. Ni siquiera Le Pen es… Por eso cualquier crítica al atavío de un candidato francés que lean a continuación deben interpretarla como una minucia en comparación con lo que hoy sufrimos por estos lares. SEGUIR LEYENDO

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Písalo que lleva chanclas

“L’imbècil del meu jefe m’ha demanat que deixi d’assistir a les rodes de premsa amb xancletes, què en penses?”, me preguntó ayer al mediodía un amigo y conocido periodista. Tras dedicarle una mirada inquisitiva, juzgar si aquel tío era consciente de a quién le estaba pidiendo opinión y replantearme seriamente levantarme de la mesa y no volver a dirigirle la palabra en la vida; inspiré profundo y traté de hacer pedagogía indumentaria: 1. Ese calzado jamás debió salir de la playa y la piscina -allí, por lo menos, cumple con su función original: facilitan que el agua (antes, en un ambiente campesino, barro) resbale- porque es perjudicial para la columna vertebral (sería más sano andar descalzo); 2. recoge toda la mierda del suelo urbano (echa un vistazo al color con el que acaba las plantas de tus pies al final de la jornada); y 3. obliga a caminar como si uno fuera chafando huevos (postura poco favorecedora para un bípedo). SEGUIR LEYENDO

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